A Bus of Tears, A Flight of Crushed Dreams / Autobús de Lágrimas, Avión de Sueños Rotos

“Looking at a bus of tears”–this was the expression a Jesuit used to describe the deportation of undocumented migrants from the southern U.S. border. The experience was heartbreaking. The faces of the migrants reflected their frustration after a long, harsh journey up North. Migration cannot simply be reduced to those moments when persons leave their native lands, transit thorough other countries, or  arrive at new destinations.  There is also the moment, as we saw it on Thursday, when migrants return to their countries after being deported.  Some of these “deportees” had only just crossed the border. Others, however, had made new lives for themselves, settling in the States for some 8 to 16 years. Not only had they managed to raise and support their own families. They had also contributed to the U.S. economy along the way.  Sadly, these lives vanished like smoke when the “flight of crushed dreams” arrived here on Thursday. The plane, traveling from Arizona to San Pedro Sula, Honduras, returned a group of 116 Hondurans, a number which included eight women. Several of the deportees were handcuffed at the U.S. detention center and remained restrained until their arrival in Honduras, even though they had no criminal record. All of the migrants were carefully guarded by U.S. marshals throughout the whole journey.

With little governmental support, the human mobility ministry of the Catholic Church, along with other initiatives, has established an attention center to receive these migrants. Here, the migrants are given some food, medical attention (if needed), and a personal care kit. As we ourselves saw, this return contrasted wildly with the festive ambiance of more familiar “airport reunions.” Thursday, in the back of San Pedro Sula´s airport, there were no hugs, no smiles, no balloons, no joy. Instead, the travel-weary migrants exuded only sadness, disappointment, and apprehension. Equipped temporarily with the most basic necessities, they soon left the center to go home. After their migrant experiences, however, “home” is now an ambiguous, complicated concept. One of the migrants, upon interview, reflected: “There are no jobs here. There are only poverty and hunger. What else can we do but try again to go to the U.S.?” No doubt, many of today’s 116 deportees will soon begin their journey back to the U.S.   May our prayers prepare their way…

“Es un autobús de lágrimas,”  esa fué la expresión que un Jesuita uso para describir la deportación de indocumentados desde la frontera sur de los Estados Unidos.   La experiencia  rompe el corazón, pues las caras de los migrantes reflejan su frustración despues de una larga y dura travesía hacía el norte.   La migración no puede reducirse simplemente a los momentos de salida de lugares de origen, tránsito por otros países y llegada a nuevos destinos.  También existen los momentos, como lo vimos el jueves, cuando los migrantes retornan a sus países de origen después de haber sido deportados.   Algunos de estos deportados apenas habían cruzado la frontera, pero otros habían hecho ya nuevas vidas en los Estados Unidos.  Algunos de ellos habían vivido en los Estados Unidos entre ocho y dieciseis años;  no sólo habían podido vivir y apoyar a sus familias, sino también habían contribuido a la economía Norteamericana.  Tristemente estas vidas se esfumaron como humo, cuando el “vuelo de los sueños rotos” llegó aquí el jueves. El avión que viajo de Arizona a San pedro Sula, Honduras, retornó a un grupo de 116 hondureños, entre ellos ocho mujeres.  Varios de los deportados fueron esposados desde el centro de detención en Estados Unidos y durante todo el viaje, aún cuando no tenían antecedentes penales.   Todo el trayecto fueron resguardados por oficiales estadounidenses hasta su llegada a Honduras.

Con poco apoyo del gobierno, la Pastoral de la Movilidad Humana en Honduras junto con otros apoyos, han establecido un centro de atención para recibir a migrantes retornados.  En este centro, a su llegada, los migrantes reciben un poco de comida, atención medica (en caso de ser necesario) y un paquete de aseo personal.  Fuimos testigos, de como este retorno contrasta con el ambiente festivo y familiar que se vive en las salas de llegada de los aeropuertos.   El jueves, en la parte trasera del aeropuerto de San Pedro Sula, no hubo abrazos, sonrisas, globos, ni fiesta.  En lugar de ello, los exhaustos migrantes se miraban tristes, descorazonados y ansiosos.  Equipados temporalmente con las cosas más esenciales, ellos dejaban el centro de recepción rápidamente para ir a “casa.”  Sin embargo, depues de sus experiencias, “casa” es un concepto complicado y ambiguo.  Uno de los migrantes dijo:  “Aquí no hay trabajos.  Sólo hay pobreza y hambre.  ¿Qué otra cosa podemos hacer sino tratar de nuevo de ir a los Estados Unidos?”  Sin duda,  muchos de estos 116 deportados pronto inciarán nuevamente la jornada hacía los Estados Unidos.  Que nuestras oraciones les acompañen en el camino.

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Filed under Jesuits, Migration

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